“El Hada Madrina” la llevó a lo más alto: Lucía Guerra, la patinadora que fue campeona en Orlando

“El Hada Madrina” la llevó a lo más alto: Lucía Guerra, la patinadora que fue campeona en Orlando

09/02/2026 Nacida en Bahía Blanca, Lucía Guerra conquistó la medalla de oro en la Américas Cup disputada en Orlando, Estados Unidos. Pero detrás del título hay mucho más que técnica y entrenamiento: un viaje hecho a pulmón, un sueño cumplido y una coreografía cargada de amor, despedida y homenaje.

Lucía Guerra patina desde que tiene tres años. Creció con los patines puestos, compitiendo desde los cinco, y recorriendo clubes y ciudades: Huanguelén, Salliqueló, Monte Hermoso, Bahía Blanca. Su vida se armó entre pistas, música y esfuerzo. Y aunque su historia está marcada por la disciplina, su mayor fortaleza siempre fue otra: la creatividad.
“Era la chica de las músicas raras”, cuenta entre risas. Mientras muchas elegían canciones tradicionales, ella buscaba bandas sonoras, climas cinematográficos, interpretaciones distintas. En el patín, lo técnico vale, pero lo artístico también. Y Lucía aprendió desde muy chica a hacer que la pista se convierta en un escenario.
Hoy, además de competir, es profesora. Desde 2023 trabaja en el Club Independiente  del Pueblo San José, donde creó el primer grupo de competencia del club. “No me veía haciendo otra cosa”, asegura. El patín no fue solo un deporte: fue una forma de vivir, un refugio, una familia.
Y esa familia se sintió más fuerte que nunca cuando llegó la noticia: había sido seleccionada para competir en un torneo internacional. La Américas Cup, en Orlando, con 14 países presentes: Estados Unidos, México, Chile, Gran Bretaña y más. No era un mundial, pero para Lucía era el sueño más grande: pisar una pista internacional representando a la Argentina.
La alegría, sin embargo, vino acompañada de un golpe de realidad: el viaje era caro, exigente, complejo. Había que pagar inscripción, seguro deportivo, estadía, comidas, transporte. “Nos llegó la nota una semana antes de empezar a abonar el viaje”, recuerda. Y entonces empezó la otra competencia: la de la vida real.
Rifas, tómbolas, sponsors, ayuda. “Mover cielo y tierra”. Y lo logró. Fue su primer avión, su primer viaje al exterior, y lo hizo prácticamente sola, con el respaldo emocional de un seleccionado argentino que se convirtió en abrazo colectivo.
En Estados Unidos, todo fue intensidad. Madrugadas de 3:30, combis a las 4, competencias a las 5. Entrenamientos en salones alquilados. Ensayos. Concentración. Dos coreografías: Style Dance y Free Dance. Dos días de competencia. Puntajes que se suman. Y una presión que no se ve, pero se siente en el pecho antes de que arranque la música.
Pero lo más fuerte todavía estaba por venir.
Antes de viajar, cuando ya había pasado migraciones, Lucía recibió una noticia devastadora: una pérdida familiar muy importante, inesperada. Un golpe seco, de esos que te dejan sin aire. Su mamá le dijo la verdad, que había fallecido su padre y le dejó la decisión en sus manos. Y Lucía eligió seguir.
No porque fuera fácil. No porque no doliera. Sino porque ese viaje también era un homenaje.
“Éramos un equipo”, cuenta. Él editaba la música. Ella armaba las coreografías. Juntos pensaban la vestimenta, el concepto, cada detalle. Y entre todas las coreografías, había una especial: la última, la más simbólica, la que ella llama como un nombre que ya quedó grabado para siempre.
El Hada Madrina.
Esa coreografía la había usado durante tres años. La perfeccionaron hasta el último momento. Y la última charla que tuvieron fue una frase que todavía le tiembla en la voz:
“Qué lindo que el Hada Madrina pueda verlo todo el mundo”.
Lucía viajó con esa frase en el corazón.
Y cuando llegó el momento, patinó. Patinó con la Argentina alentando desde las tribunas. Con compañeras que quizás no la conocían, pero la abrazaban igual. Con dirigentes que les pedían a todos una consigna simple: “Argentina tiene que hacer ruido”.
Y Lucía salió a la pista.
“En la pista te sentís completo”, dice. “Uno se olvida. Arranca la coreografía y lo patinás como siempre. Pero cuando salís… ahí cae todo”.
Ese torneo fue una locura. Por el viaje. Por la experiencia. Por la emoción. Por el duelo. Por el amor. Por el esfuerzo. Por el orgullo. Y también por el final, el más soñado: Lucía Guerra se consagró campeona y se llevó la medalla de oro, su primera medalla internacional.
“Qué mejor final para el Hada Madrina que un primer puesto”, le dijeron.
Hoy la medalla está en el medio de su salón. No como un trofeo más, sino como un símbolo: de una vida dedicada al patín, de un sueño que se cumplió, y de una coreografía que ya no pertenece solo a una pista, sino a una historia.
Porque a veces, el deporte no es solo deporte.
A veces es familia.
A veces es refugio.
A veces es despedida.
Y a veces, también, es la forma más hermosa de seguir recordando.


Una de Cal y Una de Arena - Camila Barrionuevo