Rubén Rohwein: “volvería a hacer lo mismo”

Rubén Rohwein: “volvería a hacer lo mismo”

02/04/2022 - Primera parte del diálogo con Rubén Rohwein, veterano de Malvinas. Nos cuenta sus relatos sobre la experiencia, a 40 años de la guerra.


- ¿Cómo viviste esa experiencia? ¿Cómo se fueron dando esos primeros días para llegar a ese 2 de abril?

- Yo fui incorporado el 3 de febrero de 1982, al Batallón de Comunicaciones de Comando 181, en Bahía Blanca. Luego de un período de instrucción, que duró entre 30 y 40 días, un 26 de marzo ibamos a salir a hacer unos ejercicios de comunicación, se desiste de esa actividad y mandan todos los vehículos al parque, es decir los talleres del ejército. En nuestro equipo éramos 3 soldados, un sargento y un cabo. El sargento nos manda a cada uno a hacer una actividad, a mí me tocó limpiar la cabina de una camioneta. Mientras estábamos limpiando, se acerca el subteniente Vázquez y le informa al sargento que el domingo nos embarcamos, y que tenía que ir él, el cabo, y elegir un soldado. Yo escuché que le contestaba que me iba a llevar a mí, pero nada más. Esa tarde dieron la lista del personal que se iba a embarcar, y de ahí nos mandaron derecho al Hospital Militar, nos sacaron el grupo de sangre, y al rato nos dieron una medalla identificadora con un número y el grupo sanguíneo. Después volvimos, nos dieron un equipo de ropa, un fusil con 5 cargadores de 20 cada uno, un sable bayoneta, el casco, un equipo de sanidad, y la bolsa de rancho. Así salimos, el domingo 28 de marzo, pero nadie sabía nada. Uno es joven, tiene toda esa adrenalina que no te importa nada. Llegamos a Punta Alta, los vehículos de comunicación iban en el barco San Antonio, y la tropa en el rompehielos Almirante Irizar. Cuando estábamos en la formación, el teniente coronel Andújar destina al cabo Najar y 5 soldados para que vayan al San Antonio en custodia. Entre esos 5 soldados me encontraba yo.

- ¿Cuántos soldados iban en esos barcos?

- Iba una parte del Regimiento de Infantería 25, la Compañía de Ingenieros 9, algunos buzos tácticos, y nosotros que éramos seis, el cabo y 5 soldados. El 1 de abril nos agarró una tormenta terrible a la altura del golfo San Jorge, el barco sacudía mucho, y nos llevaron a compartir el sollado con el Regimiento de Infantería 25. Ahí recuerdo que estábamos tirados en el piso, porque no habían camas ya que estaban todas ocupadas, y  el almirante  que estaba a cargo de la operación habla a través de los altavoces y nos dice cuál era el objetivo y la misión: recuperar las Islas Malvinas y que íbamos a entrar en guerra. En lo personal, lo primero que se me cruzo por la cabeza es “me van a matar” y empecé a llorar. Siempre recuerdo que al lado iba a Daniel Vélez, un soldado del Regimiento de Infantería 25, que físicamente era mucho más grande que yo pero teníamos la misma edad, y me dijo “quédate tranquilo que yo te voy a cuidar”.

- El desembarco, cuando llegan a Malvinas, ¿a qué hora fue?

- Alrededor de las 8:30. Después arrimó el buque, descargamos todas nuestras cosas, y el primer día paramos en una iglesia, donde atrás había una casa grande. Parte de mis compañeros siguieron, un grupo fue a Darwin, y el otro fue a Bahía Fox. En el transcurso del día nos fueron  separando y nos dieron el destino. El nuestro era el cuartel de los marinos, y al otro día nos instalamos ahí.

- Respecto al uso de armas, ¿habías tenido alguna experiencia en esas semanas de entrenamiento?

- Era muy poca, casi no existía. Habíamos ido al polígono una vez, y  tirado 10 o 20 tiros. Vos después tener que vivir el día a día y en eso te vas haciendo, como en cualquier trabajo. En la guerra fue un poco así.

- ¿A cuántos días de estar allí ustedes empiezan a meterse en la guerra?

- Nosotros con esa adrenalina de adolescente le restábamos importancia. Hasta ese momento estábamos dentro de cuartel de los marinos, a 4 kilómetros de distancia de Puerto Argentino. Un día viene un teniente coronel y nos dice que tenemos que empezar a hacer una trinchera ya que teníamos que abandonar el lugar porque estaban viniendo los ingleses. Igual la despreocupación seguía porque era una experiencia nueva hacer una trinchera, de hecho no teníamos ni idea. En ese momento fue importante la ayuda de los suboficiales y oficiales. Este lugar donde estábamos quedaba más o menos a 100 o 120 metros de la Bahía, y el cerro lo teníamos a nuestras espaldas, a 250 metros aproximadamente, y era un lugar rocoso, mucha profundidad no le pudimos dar, había que buscar piedra, conseguimos unas chapas y sobre eso pusimos turba con el pasto para camuflar. A partir del 20 de abril ya empezamos a instalarnos ahí, y creo que todos tomamos conciencia cuando el 1 de mayo nos bombardearon. Nosotros estaríamos a 10 km del aeropuerto viejo, y veíamos las explosiones, el fuego, el humo. Ahí tomamos conciencia de lo que estábamos viviendo.

- ¿Cuánto tiempo estuviste en esa trinchera?

- Hasta que nos replegamos. Nosotros teníamos una multicanal, y los ingleses con su tecnología captaban nuestra comunicación, entonces habíamos quedado fuera de servicio. Al sargento y al cabo los destinaron a Puerto Argentino, al Centro de Comunicaciones, y nosotros los soldados quedamos ahí para hacer guardia, descargar munición de los helicópteros, entre otras cosas.

- ¿Te tocó estar combatiendo?

- Todo era cañoneo, tanto de artillería como naval. Cuando los aviones bajaban por Dos Hermanas y venía al ras del piso, nosotros salíamos corriendo y les tirábamos con el fusil. Siempre nos retaban diciendo que no gastemos munición, pero uno intentaba hacer algo. Era una cosa de locos.

- ¿Te tocó perder a un soldado con el cual habías tenido vinculo?

- Si, lo conocía al cabo Indino, que era de otra unidad, y al soldado Mosto, que lamentablemente fallecieron en un bombardeo.

- ¿Cómo fue la rendición? Porque además había otro tema. Había que estar en la trinchera, abrigarse, alimentarse, sobrevivir a lo climático…

- Si, pero todo eso se sobrellevaba. Lo peor de todo era el miedo. Vos no sabías que podía pasar en un rato, era vivir el momento. Y la rendición fue algo muy triste, porque todos los días, sobre todo los fines de semana, era todo ruido, fuego, bomba, y de un día para el otro un silencio total. Muchos habían quedado en el camino, muchos otros estaban heridos. Habíamos hecho un esfuerzo terrible. El hambre se supera, también el frío, pero el miedo no. Y vos mirabas y había sido todo en vano. Después lo siguiente era saber que iban a hacer con nosotros. La única información que teníamos eran comentarios, que se distorsionaban. Algunos decían que nos iban a llevar presos a Inglaterra, otros decían que nos ibamos a Uruguay, pero nadie sabía nada. Después nos encontramos con mi jefe en Puerto Argentino, y fuimos caminando juntos porque tuvimos que ir hasta la zona del aeropuerto. Ahí nos sacaron todas las pertenencias, el fusil, hasta el casco y las cartas que había recibido de mi familia. Luego ayudamos a varios heridos, y una vez que la Cruz Roja se hizo cargo de ellos, a nosotros nos pusieron en la fila para subir al barco Canberra. El trato fue muy cordial.

- ¿Qué recordás de esas cartas de tu familia?

- Eran todas preguntando cómo estás, y uno pedía que recen por nosotros. Era muy lindo porque te hacía sentir que tu familia estaba al lado tuyo.

- Y esas cartas quedaron ahí…

- Si, quedo todo, hasta un librito que me había dado un Capellán de la Armada, Corazón de Colimba se llama. Lo había leído y era muy lindo porque relataba la experiencia que yo había vivido en incorporación al ejército. Me acuerdo que le había puesto una frase para dejárselo a mi mamá.

- Si volviéramos 40 años atrás, ¿volverías a hacerlo?

- Primero, tuve la suerte de poder ir. Yo vivo muy tranquilo porque trate de dar lo mejor, y no me arrepiento de nada. Volvería a hacer lo mismo. El otro día tuvimos un encuentro con mis compañeros, y todos decíamos lo mismo.